jueves, 5 de marzo de 2009

MALTRATO INFANTIL

La problemática del maltrato y abuso infantil en la sociedad actual requiere que se le atienda de una manera inmediata, urgente, integral y sabia. El abuso afecta áreas muy profundas en todo el ser de la criatura. La iglesia debe tomar parte activa en la prevención y erradicación de esta «epidemia moral»...

Un breve esbozo del maltrato y abuso de menores
La problemática del maltrato y abuso a los niños en la sociedad actual requiere que se le atienda de una manera urgente, integral y sabia. El abuso afecta áreas muy profundas en todo el ser de la criatura. En este artículo parto de tres afirmaciones en relación al abuso infantil: 1) es una violación a los más débiles de la creación de Dios; 2) es un atentado al normal desarrollo psico-bio-socio-espiritual del niño, y 3) es una violación contra la capacidad de confiar, y amar a su propia persona, a otros y a Dios.
Definiciones
Se entiende por maltrato infantil a toda conducta por acción u omisión que provoque o pueda provocar daño a la integridad o salud física, psicológica, sexual y espiritual del menor, ejecutado por parte de cualquier persona, incluyendo sus progenitores, educadores y responsables de su cuidado. A su vez, el abuso sexual es definido por todo contacto físico, o sugerencia de naturaleza sexual al que se somete a un menor de edad, aun con su aparente consentimiento, mediante seducción, chantaje, intimidación, engaños, amenazas o cualquier otro medio. El abuso sexual puede cometerse con o sin penetración.
Realidad del contexto
En América Latina se estima que entre 10% y 36% de las mujeres, dependiendo del país, han sufrido alguna clase de violencia física o sexual. El incremento de casos de violencia conyugal y familiar ha llevado a algunos países en América Latina a reconocerlo como un problema social. La creación de las comisarías o estaciones de policía para la protección de la mujer, la niñez y la familia es un intento de dar espacios para la denuncia de estos actos violentos y salvaguardia oportuna.
Sin embargo, la violación sexual a los niños y niñas sufre un subregistro considerable. Quizás por el temor a las represalias, desconocimiento sobre el dónde o cómo hacer una denuncia o por idiosincrasia del «temor al que dirán», muchas veces no se concreta la denuncia. Sí existe un consenso sobre el perfil de los denominados pedófilos o abusadores sexuales de niños y niñas. Generalmente son varones, y en 70% de los casos se trata de los mismos padres, cónyuges o pareja sentimental del padre o la madre, parientes, familiares lejanos o personas cercanas a la familia.
Es por esta razón que la familia, iglesia y sociedad deben asumir y compartir la responsabilidad de prevenir y luchar contra el pecado de abuso infantil, que además es un mal psicosocial. Se requiere tomar en cuenta que existen múltiples factores que provocan y perpetúan los actos de abuso a los niños. Entre otros se reconocen: La pobreza social, económica, y espiritual en nuestras sociedades que carecen de valores humanos y cristianos. El incremento de la migración que deja desamparados a los niños, la violencia intrafamiliar, el narcotráfico, el turismo sexual, el abandono infantil, la desintegración familiar, el alcoholismo y uso de drogas, el desempleo, el énfasis en el libre mercado y no en el bienestar social, etcétera. Los factores sociales mencionados facilitan que impunemente surja y se sostenga el maltrato y el abuso a los niños.
Nuestro llamado
Necesitamos recordarnos que cada vez que un menor es víctima de maltrato o abuso, se violenta la imago Dei (imagen de Dios) en el niño o niña. En este sentido, es un atentado contra Dios mismo. Por esta razón, la iglesia, instituciones cristianas y profesionales cristianos en el área de salud integral y en otras especialidades —legal, educativa, etcétera— estamos llamados a asumir un rol de anuncio y denuncia. Estamos llamados a un rol profético y sacerdotal.
Cuando un menor sufre maltrato físico o emocional, o abuso sexual, su desarrollo normal psico-socio-espiritual en esta etapa de formación resulta alterado. Si sufre agresión física por parte de una persona mayor de su familia o fuera de ella, o si padece abuso sexual por alguien de mayor edad, ¿qué capacidad desarrollará de confiar en sus padres, en los mayores y, aun, en Dios padre?
Se reconoce que el abuso sexual, entre todos, es el que afecta más profundamente a la criatura. Freud manifestó que cuando una criatura es manipulada, engañada o forzada a vivir una experiencia sexual que corresponde a una etapa posterior a la edad en que se encuentra, y que por lo tanto es perjudicial, el niño o niña se estanca en su proceso de desarrollo psicosexual. También puede saltar a estadios de desarrollo sexual que aún no le corresponden y sin que todavía se haya dado el proceso de madurez previo. A esta ruptura del proceso normal del desarrollo se le reconoce como «trauma psico-sexual». En estos casos es importante afirmar y volver a reafirmar al niño o niña que él o ella nunca es culpable ni responsable del abuso. La culpabilidad recae 100% sobre la persona mayor que perpetra este pecado usando su fuerza y poder en forma indecorosa para satisfacer sus deseos en una manera enfermiza. De similar manera, el maltrato físico o emocional contra un niño o niña, provoca que se estanque en su desarrollo emocional o bien apresure la etapa de desarrollo en que está y deje la etapa de la niñez en forma prematura.
Sanación
También recordemos que sabemos por experiencia que ningún acto de pecado —ya sea en el caso del agresor o en el de la víctima de una violación sexual— puede superar la gracia, amor y capacidad de sanación de Dios. Dios es capaz de sanar el trauma que deja la experiencia de un abuso sexual, y él desea sanarlo directamente por su poder, por el poder transformador del Espíritu Santo, por la sangre restauradora de Jesucristo, y a través de los diferentes recursos —psicología, pastoral, medicina— que Dios Padre en su gracia nos provee para que llevemos una vida plena, libre y abundante relacionada con él.
Dios nos ha creado para crecer y madurar en etapas. Los actos de violencia, sean emocionales, físicos o sexuales, atentan contra ese orden establecido por Dios para el desarrollo sano de los seres humanos. Atentan también directamente contra la imagen de Dios en toda criatura y persona. Es pues imperativo educar a la familia, iglesias y sociedad sobre la prevención del maltrato y abuso infantil.

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