domingo, 28 de febrero de 2010

¿Quién vació las iglesias?

Alfonso Ropero, España


La formación de un mito: el modernismo, causa de la deserción de la fe

Casi desde los primeros años de mi conversión (hace ya más de tres decenios) vengo reflexio­nando sobre el alejamiento progresivo, en especial de la juventud, de ese camino y forma de vida enseñados por Jesús. ¿Por qué algo tan precioso y trascendental es rechazado tan masiva y ligeramente? En mis días de estudiante de teología en Inglaterra escuché repetidamente una razón que casi me convence. La culpa, se decía con variados matices pero igual contenido, es del llamado «liberalismo» o «modernismo» teológico. Todos los males que afligen al protestantismo ac­tual se debían a una única causa: a la disección racionalista de las eternas verdades de la Palabra de Dios practicada por los profesores de los seminarios liberales. Y como estos lo ponían todo en duda, ya no se podía seguir creyendo en nada. El liberalismo echaba a pique las antiguas e inconmovibles verdades del Evangelio. Lo que parecía historia se calificaba de mito, las enseñanzas contenidas en la revelación eran meros préstamos tomados del entorno cultural. Al desaparecer el elemento histórico y sobrenatural del cristianismo, la versión liberal proponía una nueva reforma en los conceptos y contenidos de la fe, centrados casi única y exclusivamente en un solo credo: la Paternidad divina y la Hermandad de todos los hombres. Si es esto lo que se predicaba desde los púlpitos, entonces era natural que la gente perdiera el temor de Dios y el interés por la salvación eterna, y acabara por abandonar las iglesias y el cristianismo en definitiva.

Es incuestionable que la Alta Crítica sometió la Biblia a una lectura imposible, los mas atrevidos, deslumbrados por la reciente ciencia de las religiones comparadas, sólo veían leyendas copiadas de Egipto o Mesopotamia. En el afán de descubrir rastros mitológicos se llegó a equipar los doce hijos de Jacob con los doce signos del zodiaco. Es cierto que la relectura del cristianismo a la luz de la modernidad, con sus parámetros de racionalidad y análisis científico, hicieron tambalear la fe de muchos, pero de ahí a pretender que el descreimiento gene­ralizado de las masas y el abandono de las prácticas religiosas se deban a esa y única causa, de corte académico, que muchas veces no salía de los centros elitistas y casi esotéricos de algunas instituciones teológicas, es otorgar una capacidad de cambio a las instituciones educativas que, generalmente, no tienen. Las academias reciben más que crean. Las novedades intelectuales y teológicas suelen ser resultados, no causas, de transformaciones sociales, de las que ellas se hacen eco y a las que aportan el aparato técnico de la reflexión y análisis. Son los cambios sociales los que convienen analizar con seriedad, son ellos los que mueven, primero lenta e imperceptiblemente la historia, que después son conceptualizados por los intelectuales, los académicos y los especialistas.

Es decir, que las «novedades» teológicas, por más revolucionarias que parezcan al reducido círculo de los dedicados a ellas, son más productos que agentes de cambio, síntoma que una realidad social, de un cambio de mentalidad o actitudes, cuyas raíces hay que buscar en una serie de factores políticos y económicos que poco a poco van cambiando la sociedad de un modo irreversible. De repente parece que cambian las formas de ver la vida, de actuar y hasta de sentir. Los síntomas más manifiestos son las barreras generacionales, la extrañeza que una generación experimenta respecto a otra.

Por eso, y dicho desde el principio y sin rodeos, me parece irresponsa­ble y casi suicida señalar al «modernismo» teológico como la causa de la incredulidad y de la indiferencia religiosa. Seguir repitiéndolo con ciega insistencia por el espacio de un siglo sólo contribuye a empeorar las cosas. Es un caso semejante a aquellos que, desde otro bando, pontificaban que todos los males de la sociedad moderna, a saber, la secularización de la política, la negación del dogma, el rechazo de la autoridad, el terror provocado por la revolución francesa y al endiosamiento de la razón, se debía a la ruptura de la Iglesia producida por el rebelde Lutero en el siglo XVI. Temo mucho que, desgraciadamente, los hijos de la Re­forma han asumido y hecho suyo el mismo espíritu reaccionario que sus padres tuvieron que confrontar y refutar. Pero en este mundo mediocre y sin interés por comprender la realidad en su totalidad, siempre es más sencillo lamentarse y buscar «chivos expiatorios» que encarar la verdad con realismo, honestidad y rigor.

El debate que planteamos en este escrito no se trata de una mera cuestión de pura teoría, de bizantinismo académico, es algo mucho más serio y más grave, nos afecta «cristianamente», pues pone en cuestión nuestro sistema educativo, nuestra pastoral y nuestra misión en la sociedad actual.

Y lo primero que hay que averiguar no es quién se equivoca o se ha equivocado para cargarle la culpa de la miseria de nuestros días; la cuestión primera es una puesta en práctica de lo que aprendemos en ética evangélica aplicado al análisis de nuestro mundo, que Cristo viene primero que todo a salvar y no a condenar, y esto en todos los órdenes de la vida, la vida intelectual incluida. Recurrir al «modernismo» como un fácil expediente explicativo de todos nuestros males, no es sólo un acto de ignorancia, sino de culpable pereza intelectual, que se contenta con lo más fácil en lugar de perseguir lo mejor y más correcto. El error en la emisión de juicios causa daños a todas las partes, no soluciona nada, y, por si fuera poco, nos deja en una peor situación que la anterior, frustrados y enfrentados unos a otros, dando palos de ciego.

¿Qué se entiende por modernismo, o por liberalismo, o por como quiera llamarse cualquier intento de expresar la fe en un lenguaje diferente al tradicional? ¿Qué adelantamos con arrastrar un trauma de nuestros padres, cuya realidad que lo produjo ha dejado de existir? La tentación demoníaca consiste en atribuir a otros las causas de nuestros propios males, de evitar así el examen y reflexión sobre nosotros mismos y el juicio de Dios que nos interpela a preguntarnos sobre nuestros propios caminos, a abrir las ventanas para que entre la luz antes de fijarnos en la mota de polvo en el cristal ajeno.

Que las iglesias evangélicas euro­peas se encuentran en un estado de decadencia numérica nadie lo duda. Pero que la causa de esa desertización cristiana en nuestro continente se deba esencial y principalmente a los nuevos métodos interpretativos y analíticos de la llamada teología liberal es una cuestión abierta al debate. Debate sobre cuestiones académicas pero no académico. Sería una pérdida de tiempo imperdonable enredarnos aquí en frívolas cuestiones de erudición histórica y de hermenéutica. No se trata de eso, sino de algo mucho más práctico. Y más vital. Es una cuestión ineludible de enorme trascendencia para el presente y futuro de nuestras iglesias.

Me permito hacer una distinción previa entre evangélicos y «evangelicalismo», y protestantes y «protestantismo», ya que es entre los primeros que surge principalmente la polé­mica antimodernista. No sólo se ori­gina en ellos, sino que se mantiene a lo largo de los años con el mismo vigor con que se inició, pese al tremendo cambio de situación y signi­ficación de la escena mundial y ecle­sial. Por evangelicalismo quiero sig­nificar esa expresión del cristianismo que carga toda la fuerza de su acento en la experiencia de conversión o nuevo nacimiento, que acepta de buena fe en un credo simple y dogmático sacado de una interpretación litera­lista de la Biblia. Respecto al mundo exterior, manifiesta evi­dentes muestras de impaciencia hacia la cultura y todo lo que tiene que ver con la sociedad secular, sea política, economía o arte. Su génesis histórica la podríamos fijar en el siglo XVIII con los avivamientos de Whitefield y Wesley, aunque su ori­gen es la Reforma misma. Es una versión del cristianismo reducida a sus elementos más mínimos y simples. El protestantismo, por contra, parte también de la importancia de expe­riencia del nuevo naci­miento, por la que el cre­yente sabe por fe que Dios le perdona y le declara justo, pero en ningún modo re­chaza todo lo bueno, todo lo positivo, todo lo relevante que pueda aportar la cultura secular, la academia y las ciencias. No es anti-intelectualista, aun­que sí crítico de la cultura, por amor a la misma, y siempre en nombre de la verdad evangélica y en espíritu de amor y respeto.


Y el «liberalismo», ¿qué es el liberalismo? Bueno, simplificando bas­tante, el liberalismo teológico repre­senta ese movimiento, o estado de ánimo intelectual, que surge del en­contronazo con el nuevo tipo «ilustrado» de pensar que rechaza lo divino-sobrenatural y, en concreto, el recurso a la autoridad de la tradición —eclesial, bíblica, social— para diri­mir asuntos del conocimiento y que se acoge a la autonomía de la razón ilustrada por la filosofía y la ciencia modernas. Kant lo expresó con con­cisión: «Atrévete a hacer uso de la razón.» Éste es el lema y el pro­grama que marca un cambio revolu­cionario en el pensamiento y en la actitud occidental. Los hombres de la Ilustración recurren a la autori­dad última y definitiva de la razón para pasar revista crítica a las creen­cias recibidas mediante la autoridad bí­blica o eclesial y declaran nulas e in­servibles todas aquellas que no pue­dan pasar el riguroso examen de la razón. Los teólogos que responden al desafío de la Ilustración desde el interior de sus premisas lógicas y racionales son los teólogos liberales. Inglaterra amortiguará el impacto del nuevo pensamiento ilustrado gracias al avivamiento evangélico de Whitefield y los Wesleys, que trans­forma la sociedad en gran medida, y que comunica a la fe un celo irrefre­nable, cifrado en la formación de sociedades misioneras y la creación de sociedades filantrópicas de todo tipo. Este tipo de cristianismo se podrá permitir el lujo de ignorar durante un siglo el cambio revolucionario producido en la cultura por la filosofía ilus­trada, pese a que las ideas antitrinitarias y deístas se habían infiltrado en buen número de ministros pres­biterianos y anglicanos.


Alemania, por contra, después de su retraso cul­tural provocado por las guerras de religión, se levanta hacia la cumbre de la filosofía europea, con pensadores de primer rango como Kant, Fichte, Hegel, Herder. Kant había sido educado en un pietismo riguroso, pero no muy ineficaz. La teología, como estudio y repuesta humana a la auto-revelación divina, no pudo vivir de espaldas al tre­mendo y siempre nuevo desafío cultural y dio lugar a nuevas ver­siones de la fe de corte decidida­mente liberal; es decir, apartándose sensiblemente de la interpretación tradicional recibida en los Credos y Confesiones de fe de la Iglesia. Con el descubrimiento de ese nuevo mé­todo de entender la realidad, la Biblia y al hombre mismo, se co­metieron muchos excesos y provo­caron la reacción de muchos evan­gélicos que tendrán a Alemania por cuna del liberalismo y «apostasía» de la fe.

No hace mucho que Carl E. Braaten, uno de los teólogos luteranos más destacados en la escena estadounidense, se preguntaba por que colegas tan importantes como Jaroslav Pelikan, Robert Wilken, Jay Rochelle, Bruce Marshall, Reinhard Huetter y Mickey Mattox, abandonan el luteranismo para unirse a otras iglesias. Y señalaba una causa: “el atolladero que algunos han llamado el Protestantismo Liberal”. ¿Qué se entiende aquí por Protestantismo Liberal? Según Braaten es una “piedad vacía”. La iglesia convertida en una especie de club de clase media y personas mayores en un ambiente de incredulidad general y nulo testimonio. De ser así, el problema habría que buscarlo más en el “corazón” que en la cabeza, y afecta más a la práctica que a la teoría. ¿Por qué no hablar simple y llanamente de Escepticismo? Pues es de escepticismo y no de liberalismo de lo que se trata. Es el escepticismo el que se viste de liberalismo para justificarse a sí mismo, pero creo que son cosas bien distintas. Nuestros discursos siguen a nuestros hechos.

Sin embargo, el evangelicalismo no se para en distingos, para él todos son iguales; los que estudian con rigor y ciencia la Biblia, que los que niegan su autoridad; los que viven de una forma consecuente con su fe, que los son indiferentes a la misma. Enemigo de lo que ignora, culpa y rechaza a las academias y seminarios teológicos.

Es cierto que en las grandes tradiciones protestantes mu­chos vivien su fe de modo problemático. Se sienten perplejos, la fe senci­lla declina por todas partes, aumenta el ateísmo y la indiferencia. Por eso, los más tradicionalistas —o quizá más comprometidos— llaman a un decidido retorno a los funda­mentos, a los viejos y seguros cami­nos de antaño frente a las novedades apóstatas del modernismo. Los libe­rales se defienden acusando a su vez a los tradicionalistas de no haber sabido adaptarse a los nuevos tiem­pos.1 Si en lugar de haber reaccionado nega­tivamente, con condenas –la mayoría de las veces de parte de una minoría ruidosa- se hubiera continuado en la línea de la comprensión y el compromiso con la verdad del Evangelio según la Escritura, seguros de que su garantía última reside en Dios y no en la débil defensa humana se habrían evitado muchas rupturas y derroche de energías, que era necesario haber empleado en otros frentes. Muchos pastores y líderes cristianos de fines del siglo XIX y comienzos del XX «optaron» por la «solución modernis­ta» para detener el éxodo de los fieles hacia el mundo, que se venía produciendo desde hacía, por lo menos, un siglo; éxodo que ellos no habían provocado con sus prédicas «novedosas», sino que ya estaba ahí, dado por la nueva situación económica de la sociedad industrial, la que les provoca a ellos a intentar detener la hemorragia de fugas desde una perspectiva cristiana, pero relevante, acorde a la exigencia de los nuevos tiempos. En su versión más noble y original el liberalismo fue un intento de devolver a la fe su relevancia ética, espiritual y cultural, en medio de una sociedad que había llegado a creer que Dios no ofre­cía ninguna salvación digna de ser aceptada.2

Juzgada por su intención antes que por sus resultados, la teología liberal fue un esfuerzo tremendo, aunque errático, por ofrecer una respuesta a la Ilustración y a la cultura que ésta alumbró. No podemos entender la teología modernista sin ad­vertir que su interlocutor no era el miembro fiel y dócil de las iglesias; por lo general en los debates intervenían académicos descreídos y filósofos desligados de la fe. La Ilustra­ción marcó el final de la alianza entre el cristianismo y la inteligencia occiden­tal, aunque a efectos sociales y políticos la religión haya venido siendo privilegiada por los Estados hasta hace bien poco. Allí comenzó un nuevo clima de opiniones y sentimientos que poco a poco iban a ir ganando las clases populares. Los evan­gélicos tienen que darse cuenta de esta realidad si quieren emplear más y mejor sus facultades espirituales e intelectua­les. Podríamos hacer una crítica extensa y detallada de los fallos del liberalismo, de sus contradicciones y evidente falta de sentido religioso, pero lo que ahora nos interesa es tomar conciencia de nuestras propias faltas y, reconociéndo­las, emprender el camino de su en­mienda.

El fallo esencial del liberalismo, dicho no por sus detractores, fue la pérdida del sentido de lo sagrado, de la potencia divina, que aún sigue tarando mucho del pensamiento prote­stante. Mircea Eliade, refiere en su dia­rio cómo el protestantismo liberal pre­fiere «un simple hombre y una serie de hechos históricos.» Los teólogos protes­tantes se avergüenzan de Dios»,3 pero todo esto y las críticas y reflexio­nes que podríamos hacer al respecto, no quita el coraje y el valor que representa estudiar de nuevo la Escritura y repensar la propia comprensión de la misma a una luz diferente. La experiencia mo­derna ilustrada aportó datos irrefutables que no se podían inognorar. «Si son reales, lo que se impone es “verlos”, dejando que cuestionen nuestra concepción de Dios, para que la modifiquemos en lo que sea necesario. No se trata de modificar la fe en Dios, y mucho menos de modificar a Dios. Repitamos: Se trata sólo de modi­ficar nuestras ideas acerca de Dios, nuestra imagen de Dios. Igual que no se trataba de negar que la Biblia sea Palabra inspirada, portadora de revela­ción, sino de revisar nuestra concep­ción de lo que son la inspiración y la revelación.»4 «Resistirse sistemática­mente a toda crítica puede parecer celo por la gloria de Dios, pero, de ordina­rio, indica el narcisismo de quien no quiere renunciar a las propias concep­ciones y la inseguridad de quien no se atreve a abrirse al proceso inacabable de “dejar a Dios ser Dios”, exponién­dose a que, una detrás de otra, se le vayan rompiendo sus imágenes.»5

Hasta el día presente los resultados de la teología liberal y de la alta crítica se siguen aduciendo como causas di­rectas de la destrucción de la autori­dad bíblica como Palabra de Dios y del gran crimen perpetrado contra la Iglesia y el mundo.6 «El liberalismo no es cristianismo», decía J. G. Machen en los años veinte del siglo XX, es otra religión, es puro paganismo. Las Iglesias protes­tantes se dividen, se denigran los se­minarios de teología como aulas de impiedad e incredulidad. Se fundan colegios bíblicos con la intención de anular los manuales de teología moderna y poner en su lugar única y exclusivamente la Sagrada Escritura. Al futuro candidato al ministerio evan­gélico le bastará un conocimiento básico y con­servador de la Biblia, y, si es posible, con un gran acopio de citas de memoria. Otros, hasta abandonan los colegios bíblicos, como A.W. Pink, y se bastan a sí mismos con la sola Biblia y sus propias luces y recursos.

El evangelicalismo y su progenie han resultado ex­pertos en controversias y divisiones que, empezando con los liberales, conti­nuó con los propios compañeros de campaña antimoderna y ter­minó en una guerra de todos contra todos, buscando cada cual por su cuenta ser más fiel a los «fundamentos» del Evangelio que el resto. Es una ley universal, fatal: la sospecha y la suspi­cacia desplazan la confianza; materializan sus propios temores. Una escatología triunfalista da lugar a otra derrotista. En este ambiente, lo único que se espera es la inmediata Segunda Venida de Cristo como solu­ción infalible a tanta impiedad y apostasía. No se advierte que ese espíritu de polémica es culpable directo de la debilitación de la fe en medio de la sociedad. Según el Dr. Stewart Lawton, un observador de la Inglaterra de 1650 probablemente no hubiera concebido una alternativa via­ble al calvinismo como forma futura de la religión, hasta tal punto estaba arraigado el calvinismo en los púlpitos y en las universidades. Sin embargo, en menos de la mitad de un siglo, esa teología iba a desaparecer de la escena pública, junto a buen número de grupos y partidos. «Hubo muchos motivos para este notable giro de acontecimientos, pero uno de ellos fue sin lugar a duda que la gente se cansó de tantas controversias sobre temas como la predestinación.»7

Hoy la historia se repite y cuando el evangelicalismo parecía que iba a ga­narlo todo —en lo que se refiere a la escena norteamericana— lo pierde por discusiones bizantinas que no guardan relación con los intereses en juego en la sociedad moderna. Polémicas irritantes que neutralizan el pensamiento y suici­dan los mejores espíritus del evangeli­calismo, que se marchan o mueren aislados; a lo que hay que añadir los escándalos y la corrupción debida a tanto espíritu de superficialidad y ordinariez mental, espiritual y doctrinal.

La Inglaterra victoriana del siglo XIX reunía todas las condiciones para pre­senciar el triunfo evangélico en la na­ción. Las iglesias británicas, aún a principios de siglo XIX, vivían de las rentas de los avivamientos del siglo anterior. La manera evangé­lica de ser era una forma encomiable en la sociedad de la época. Las llamadas iglesias “no conformistas” (ajenas a lazos con el Estado y la Iglesia anglicana), crecían en número, en poder y en influencia, con colegios y academias de prestigio. Muchos políticos acudían puntualmente a los sermones dominicales de los grandes predicadores evangélicos. Pero, al final de la centuria, cuando se cierra el siglo y se entra en el XX, la mayoría de la población pasa de ser una de la más religiosa a la más indiferente. Es por esa época cuando la teología ale­mana y la alta crítica comienzan a intro­ducirse en los seminarios teológicos bri­tánicos, tanto estatales como indepen­dientes. Cunde la voz de alarma. Se buscan culpables. Se señalan las “nuevas ideas” venidas del continente. Charles H. Spurgeon, creyendo que el modernismo se había infiltrado en las iglesias de la Unión Bautista se sale de la misma. Es el período de la Downgrade, que anticipa las controversias que el evangelicalismo va a sostener contra el liberalismo, y se atribuye a Spurgeon un don profético, pues, aunque él se equivocó en este punto, y se quedó solo, sin de nadie, depresivo hasta su muerte prematura. Pero quienes le ensalzan como un héroe de la verdad conceden que, si bien es cierto que en sus días aún no se había introducido la «apostasía» en los seminarios, como él pensaba, ya estaban en germen las semillas que llevarían a la apostasía y que él supo ver con anticipación. Sin embargo, lo único cierto es que el gran predicador londinense se precipitó en su ruptura y sir­vió de justificación a muchos otros que vendrían tras él. Él puso la semilla de la discordia y de la sospecha y, si en rigor, esa semilla ya estaba ahí, él la plantó y le dio alas. Todavía hoy muchos se amparan en el precedente de Spurgeon para justificar sus divisiones. Mediante semejantes acciones el mundo evangélico iba a verse mermado y mi­nado por fisuras internas, incapaces de comprender que la atmósfera espiritual de los tiempos había cambiado y, por tanto, ineficaz a la hora de hacerle frente, de presentar una alternativa de existen­cia humana a la luz de la Palabra de Dios.

Pero esto era lo que los evangélicos se negaban a reconocer: la transformación política, económica y religiosa de la sociedad y, por tanto, la necesidad de repensar la fe en vistas a la nueva situación. Darwin, los movimientos so­cialistas, la idea del progreso, habían entrado en escena; como después lo ha­rían el psicoanálisis, el existencialismo y el secularismo ideológico. La Segunda Guerra mundial representa un giro decisivo en todos los órdenes de factores. Las Igle­sias protestantes de Europa sufrieron un revés del que desde entonces no se han recupe­rado. Algo había cambiado, y mucho. Acusar unilateralmente al liberalismo te­ológico es una falta de responsabilidad: Un pecado de idolatría que no quiere someter su «imagen» de Dios, cons­truida, según se cree, de materiales di­rectamente extraídos de la cantera bí­blica, a la «imagen» de Dios que proyecta la luz de la revelación de Dios.

Veamos algunos ejemplos tomados de la vida de las iglesias británicas para probar de un modo gráfico lo que aquí se mantiene.

En la pequeña y remota isla de Lewis, en las tierras altas de Escocia, renombrada como el punto más bendecido de Escocia en lo que se refiere a sano testimonio evangélico, todo parece marchar como siempre, desde que su nombre fuera aso­ciado al avivamiento del año 1828, cuando toda la isla fue despertada de su formalismo y superstición gracias a la predicación de Alexander Macleod. Tres denominaciones presbiterianas pro­veyeron con sus púlpitos la enseñanza religiosa en la más pura tradición refor­mada. Nada de liberalismo ni alta crítica en sus iglesias. De 1938-1939 tuvo lugar el último avivamiento del que se tiene noti­cia en Escocia. Pero Europa había entrado en gue­rra. Muchos jóvenes fueron llamados a filas. Jóvenes llenos de fe y entusiasmo, vírgenes tocante a coqueteos con el libe­ralismo o la ilustración. La vuelta a casa fue desoladora, no habían pasado por el «virus del modernismo académico», pero traían consigo el descreimiento y la frialdad religiosa. Dejaron de asistir a las iglesias, de creer en las enseñanzas de la Biblia. ¿Qué había ocurrido? «Muchos regre­saron con un vacío espiritual en sus vi­das, confundidos y desconcertados por lo que habían visto en Europa y en otras partes.»8 La guerra había alumbrado un nuevo mundo, un mundo de horror, soledad y desesperación. La deducción que sacará la teología posterior es que Dios murió en las trincheras europeas, en los campos de exterminio como Auschwitz, de tal modo que hoy tenemos una teología pre y post Auschwitz. Pero, incluso en este ejemplo, la teología fue a remolque de la sociedad. Se limitó a levantar acta de un hecho social: la perdida absoluta de la fe, del sentido de la vida y de la providencia divina en las trincheras, ante el fuego enemigo y los horrores de la guerra, guerra en la que saltaron por los aires las ideas de humanidad, progreso, religión, patria, solidaridad.

La notable Misión de Fe escocesa envió a sus hombres, «peregrinos», según se les conoce, a la isla de Lewis a predicar el Evangelio. Todo el mundo sabía que se trataba del viejo Evangelio, el Evangelio que les había reconfortado y ganado sus corazones en años anteriores, pero ahora muy pocos, si alguno, tenía interés en el mismo. Los intrépidos misioneros de fe, con la misma dedicación e idéntica fide­lidad doctrinal, se encuentran con las puertas cerradas allí donde antes se les abrían con generosidad y abundancia. No habían cambiado ellos, ni por efecto del liberalismo ni por la alta crítica: había cambiado la sociedad. «En la actualidad los peregrinos en Escocia e Inglaterra tienen que sembrar la semilla —si es que se les presta atención—, antes de que se pueda pensar en una cosecha”.9 Es evidente que el acercamiento a la gente desde el Evangelio tiene que circular por otros cauces.

Consideremos otro caso paradigmático. Me refiero a William Lax, ministro me­todista en Poplar, Londres, evangélico conservador, y que llegó a ser elegido alcalde de la ciudad. En defensa de la memoria de sus buenos años de for­mación teológica en un seminario de su denominación (1892), sale al frente de los que se sienten traumatizados por los «estragos» liberales, y les dirige estas palabras llenas de jovialidad: «Confórtese quienquiera que tema que la corrup­ción modernista ha afectado a nues­tros jóvenes predicadores. Los colegios son casas de evangelismo así como de estudio.»10

Al comenzar el siglo XX el metodismo inglés se encontraba en una especie de éxtasis espiritual: «Cristo triunfa. Res­piramos una atmósfera cargada de fer­vor. El celo y la devoción se encuen­tran en el punto máximo de acción, esperando el momento de extenderse por todas partes. Las conversiones es­tán al orden del día.» Un domingo sin conversiones era un fenómeno extraño. Los predicadores parecían estar fundi­dos con el Espíritu Santo en un mismo ser. Los llamamientos a nacer de nuevo eran irresistibles. Pero de repente, en cuestión de años, algo cambia. Las escenas de conversión ya no son tan frecuentes como antes. ¿Ha dejado el Espíritu de Dios de actuar en los corazones? se pregunta. ¿Ha sufrido la naturaleza humana una transformación tan radical? «Ciertamente —responde— algún cam­bio sutil pero tremendo ha tenido lugar en la actitud mental y la consideración del mundo por la Iglesia durante la última generación. Es tan general y tan completo que ninguna acusación gene­ral de apostasía puede colocarse en la puerta de la Iglesia. Porque nunca hubo más auténtica ansiedad que ahora entre los seguidores de Cristo de ver extendido el Reino de Dios; y cara al mundo hay una determinación cris­tiana más grande que antes.»11

Las iglesias fieles contemplan que la infi­delidad avanza pese a la reduplicación de sus esfuerzos y lo genuino de su celo. El problema aparte de estar den­tro, está fuera y se precisa una nueva estrategia para darle solución. William Lax apunta a un factor que siempre ha sido el talón de Aquiles del evangelica­lismo: su fragmentación, su falta de unidad y coordinación. Su disposición y prontitud a separarse de un grupo para fundar otro nuevo por cuestiones la mayoría de las veces triviales. Este es el pecado por excelencia del evangelicalismo. Haber elevado al nivel de obli­gación cristiana lo que es a todas luces un pecado grave denunciado en las Escrituras: el cisma, el espíritu divisionario, justificado como «deber de separación», sobre la base de unos textos bíblicos desconectados de su con­texto y en abierta oposición al tenor general de la Escritura. Es el resul­tado: es el caos y la corrupción de la fe, tanto moral como intelectual. Este es uno de los graves problemas que se escabullen tras la pantalla de celo por causa de Dios, en cuya denuncia del liberalismo y sus efectos negati­vos se cierra los ojos a la propia apostasía, a los males internos. «Quiero ver iglesias más eficaces en Gran Bretaña —escribe Lax—. Pero no hay duda de que las iglesias van a atravesar un tiempo difícil. Vivimos en una época de agnosticismo insidioso. Las cosas materiales y mundanas reclaman la atención de las masas. Comparado con hace cuarenta años, las iglesias han perdido terreno». El problema es que trabajamos aislados, no en oposición unos a otros, ciertamente, pero apenas si hay unidad entre nosotros; estamos demasiado ocupados con nuestros asuntos priva­dos. La mayoría de nuestros esfuerzos se desperdician. Necesitamos unirnos más, cerrar filas y avanzar hombro con hombro. ¿Qué no se puede llevar a cabo con un Evangelio como el que Cristo nos ha confiado? No nos equivoquemos. Inglaterra ne­cesita a Cristo más que nunca, aun­que no sea consciente de ello. El mundo entero necesita el Agua de Vida.12 El «evangelicalismo» hace aguas no por culpa del liberalismo o modernismo, sino por su propia in­capacidad de ofrecer respuestas a la cultura, a la sociedad moderna y también por la ausencia de hombres notables entre sus filas, de personas de fe, devoción y sabiduría que, desde la Escritura y la experiencia creyente, sepan responder las pre­guntas que realmente hay que responder.

La fe cristiana vivida a conciencia, con el corazón y la mente, nunca ha sido popular ni mayoritaria. Soren Kierkegaard decía que no se encuentra un caballero cristiano a la vuelta de cada esquina. No hay que engañarse respecto al pasado y una ver­sión más o menos romántica de la histo­ria de antaño y de los grandes avivamientos espirituales pasados. En el siglo XIX había mucha religión en Europa, pero ¿cuánto cristianismo auténtico? Las igle­sias se llenaban, pero ¿por qué causa? ¿Qué atraía a los congregantes? Según un contemporáneo se iba a los cultos para disfrutar de la elocuencia del predicador. «La mayoría de los predicadores popula­res no procuraban tanto convencer como discutir un tema de un modo maestro y elocuente y pasar un “buen tiempo”».13

El púlpito dominaba la vida social de la era victoriana y la gente comentaba en la barbería el sermón del domingo como hoy se pueda hacer respecto al fútbol o la política. Los predicadores eran antaño el equivalente de los modernos ídolos del cine, o del deporte, o de la política. Muchos iban a «paladear» un buen ser­món, de ahí la perniciosa costumbre de cambios frecuentes de membresía eclesial en búsqueda de un lugar cómodo y de iglesias que no eran centro de comunión y servicio responsable a la comunidad y desarrollo de los dones de Dios, sino centros de predicación con una mínima expresión de vida comunitaria y cutual. Versión antigua y precedente del consumidor moderno que alegremente pasa de un supermercado a otro por el gusto de la compra. Era de esperar que cuando el nuevo mundo de la comunicación y del espectáculo se introdujera en los hogares en virtud de la técnica, la fe de muchos se enfriara y desapareciera, porque nunca la hubo. Culpar al liberalismo teológico de semejante vacío es una tontería suprema. Siempre es más cómodo y menos com­prometido sentarse en casa delante de un aparato de radio o de una televisión y elegir entre los programas el mejor. Los con­servadores perdieron la batalla en sus propias iglesias, delante de sus narices. Otros, que tienen a sus iglesias por más dignas y más serias, en cuanto represen­tan una tradición teológica más elabo­rada y una liturgia responsable sin técni­cas de espectáculo, pasan por alto el daño producido por las controversias en torno a las proposiciones a creer y los supuestos errores a evitar, en lugar de cuidar la comunión personal de los cre­yentes en Cristo y el pleno desarrollo de sus dones espirituales y facultades natu­rales en el arte, la ciencia y la vida pública. Es fácil culpar a los demás de nuestras propias carencias y de nuestras faltas. Piensa el pobre que el rico lo es a su costa, pero no siempre es el caso.

Muchos liberales tuvieron al menos el coraje de salir a la calle y entrar en las universidades para encontrarse con el hombre del mundo,14 mientras que el evangelicalismo lamentaba las pérdi­das e intentaba detenerlas ensanchando aún más la sima que los alejaba del mundo de la cultura y producía más bajas todavía, cerrando fatalmente el círculo de la frustración y la impotencia. El resultado iba a ser catastrófico en todos los niveles. Dejada la cultura a su propia suerte, los hijos propios de la iglesia se iban a encontrar abandonados a su vez a su suerte, sin referencias ni puntos de apoyo en qué sostenerse, de naufragio en naufragio tan pronto entraban en contacto con el mundo moderno en las escuelas y universidades. Las iglesias creían que cerrando puertas y ventanas evitarían el veneno del liberalismo y del moder­nismo, y lo que hacían era asfixiar a sus mismos hijos y verse, por tanto, huérfano de ellos.

El evangelicalismo cayó en la trampa del sectarismo. Orgullosos de su sana doctrina, inmaculada y virgen antes, en y después de su parto dogmático, lo único que quedaba era consolarse de que «entre los pequeños grupos religiosos podemos en­contrar un puerto seguro para el evange­licalismo».15 Semejante manera de interpretar la historia de la Iglesia cede a la tentación derrotista que ve mermada en su minoría sus prejuicios escatológi­cos sobre la inmediatez del fin del mundo como respuesta divina a la apos­tasía general de la Iglesia. Mientras tanto estas iglesias último refugio y bas­tión de la ortodoxia, se desgarran inter­namente por cuestiones mínimas y asun­tos secundarios. Incapaces de ofrecer una nueva interpretación de la doctrina, quizá por miedo a caer bajo sospecha de herejía se enredan en cuestiones domés­ticas que debilitan aún más la conciencia y el número del «remanente». De modo que se sana el cuerpo al costo de su vida, muy en sintonía con aquellos médicos sangradores de antaño. Si fuera cierta la leyenda que asegura que los liberales vaciaron las iglesias lo contrario también tendría que ser cierto, a saber, que los conservadores las llena­ron. Pero la triste realidad es que las iglesias más estrictas en su doctrina y política eclesial, como los Strict Baptist (Bautistas Estrictos), fueron los que mas pérdidas experimentaron en el periodo de entreguerras (1918-1945). La vuelta a la «ortodoxia» de muchos púlpitos, de nin­gún modo supuso la vuelta de la feligre­sía, porque no era una cuestión de orto­doxia versus heterodoxia, sino de algo mucho más profundo y difícil: un cambio de mentalidad propiciado por los nuevos medios de producción, por la revolución industrial, el acceso de las masas al consumo, el avance de las ciencias en todos los campos.

Ese tipo de iglesias –refugio y puerto de la sana doctrina– comenzó a desarrollar una hostilidad abierta contra el estudio académico y a la misma labor teológica a la que se hacía culpable de todos los males. La oposición a la teología, ya en general y sin discriminar, llevó irreme­diablemente a la imperdonable supre­sión de ministros y pastores competentes al frente de las comunidades, lo que incidía negativamente en el crecimiento de las mismas. En las Iglesias Bautistas Estrictas, reducto y bastión de la «ortodoxia» calvinista, se produjo un vacío pastoral rellenado por predicadores itinerantes, que sólo como medida de emergencia podía justificarse, con la consiguiente paralización de toda la vida cristiana, ya en el orden espiritual ya en el intelectual. «La ausencia de liderazgo pastoral se debe contar entre las mayores deficiencias de la época. Algunas veces diáconos obstinados, a menudo el único miembro masculino, asumía un liderazgo dictatorial... cuya ambición era aferrarse a su posición y autoridad contra el llamamiento a un pastor».16 La casa hacía goteras por todas partes. Pero en lugar de ponerse a repararlas debidamente se permitía la indulgencia de acusar ciegamente a los seminarios teológicos de ser focos infectados por el liberalismo. «El resultado fue que, durante varias generaciones, las iglesias buscaron pastores mala­mente formados.» Muchas congrega­ciones dejaron de existir.17

Sobra decir que el paroxismo antili­beral, o antí lo que sea, desvía la atención de la realidad y produce un mecanismo de autodefensa costoso e inservible por cuanto el enemigo está dentro y no fuera de casa. No olvidemos la advertencia de la Escritura que dice: «Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios» (1 Pedro 4:17).

No se puede ni se debe usar el liberalismo, o cualquier otra etiqueta, como un arma arrojadiza para eliminar lo que disgusta o no se entiende. No es prudente, ni es critiano.

En busca del Reino

A lo largo de la historia de los conflictos militares siempre se ha presentado un obstáculo que los combatientes no han podido superar: la oscuridad. Por más encarnizados que hayan sido los combates durante el día, con la caída de la noche los beligerantes no encuentran otra alternativa que cesar sus acciones. Nadie puede combatir contra un enemigo invisible.

Tristemente, sin embargo, los avances tecnológicos de las últimas décadas han permitido descubrir la forma de resolver esta dificultad. Los binoculares de visión nocturna, los cuales captan espectros de luz infrarroja que no pueden ser percibidos por el ojo humano, permiten ver a otro ser vivo aun en una noche completamente cerrada. Lo que, hasta el momento, permanecía invisible, ahora se puede ver.¡Nuestro buen Padre celestial está más interesado que nosotros en dar a conocer el Reino a sus hijos! La analogía resulta útil para entender el concepto del Reino, uno de los temas que más abordó Jesús en su ministerio. Los discípulos experimentaban la misma dificultad que nosotros frente a la enseñanza sobre el Reino. Pensaban que el Maestro se refería a un lugar geográfico, a un sistema político similar al de los reinos de este mundo. Cuando llegó a Jerusalén, «ellos pensaban que el reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro» (Lc 19.11). Aun cuando la partida de Cristo era inminente, ellos seguían aferrados a la misma idea: «¿Restaurarás en este tiempo el reino a Israel?» —le preguntaron (Hch 1.6).

No obstante su insistencia, Jesús claramente les había enseñado que se trataba de una realidad enteramente diferente a lo conocido. «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí» (Jn 18.36). Ante el pedido de los fariseos de que les indicara el tiempo de la llegada del Reino, él declaró, categóricamente: «el reino de Dios no viene con señales visibles» (Lc 17.20).

A pesar de esta característica, Jesús entrega, como resumen de sus enseñanzas sobre el Reino, una exhortación que no podemos ignorar: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia» (Mt 6.33). Cabe, entonces, la pregunta: ¿Si el Reino no puede ser visto, cómo hemos de conocerlo?

La única forma en que podemos resolver este dilema es si entendemos que las referencias al reino de los cielos son referencias a una realidad espiritual. De hecho, el apóstol Pablo señala que «el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro 14.17), que «no consiste en palabras, sino en poder» (1Co 4.7). «Lo que se corrompe no puede heredar lo incorruptible» (1Co 15.50)

La diferencia esencial entre los reinos de este mundo y el reino de Dios es probablemente lo que motivó a Jesús a convertirlo en uno de los temas centrales de su enseñanza. La palabra «reino» se usa 156 veces en el Nuevo Testamento, pero casi 80% de esas referencias provienen de la enseñanza de Cristo. Mediante el uso de sencillas historias de la vida cotidiana buscó la forma de tornar visible la realidad de un gobierno invisible para la mayoría de las personas. El Reino se refiere a algo mucho más grande que el conjunto de seguidores que han sujetado su vida al señorío de Cristo. ¿Qué verdades necesitamos saber nosotros para poder ver el Reino?

En primer lugar, debemos tener siempre presente que el Reino viene a nosotros como un regalo: «No temas, rebaño pequeño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino» (Lc 12.32). Lo escondido del Reino permanece escondido solamente para aquellos que no forman parte de él. «A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de Dios, pero a los demás les hablo en parábolas, para que VIENDO, NO VEAN; Y OYENDO, NO ENTIENDAN» (Lc 8.10).

También resulta útil tener presente una advertencia. La religiosidad (es decir, el ejercicio de la vida espiritual divorciada de una relación de amor con Dios) tiende a robarnos la sensibilidad para ver el Reino. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando» (Mt 23.13).

No es necesario que nos dirijamos a un lugar, ni tampoco que estemos en una actividad particular para ver el Reino, «porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está» (Lc 17.21). El reino de Dios se manifiesta de muchas maneras diferentes alrededor de nosotros, incluyendo el cuidado del Padre por las aves del cielo y los lirios del campo. El Reino se refiere a algo mucho más grande que el conjunto de seguidores que han sujetado su vida al señorío de Cristo.

Claramente no son los sofisticados, ni los eruditos, ni los que gozan de un privilegiado intelecto los que podrán percibir el Reino. Más bien, «los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el reino de Dios antes» que ellos (Mt 21.31). Los «pobres y los niños» son los privilegiados a la hora de percibir la mano de Dios alrededor de nosotros, porque son poseedores de una sencillez que les otorga una visión sin igual. El llamado a buscar primeramente el Reino es, ante todo, un llamado a devolverle a la vida esa inocente perspectiva que tan escurridiza le resulta al hombre caído.Christopher Shaw

El abuso espiritual

Algunas congregaciones se manejan con estilos de liderazgo abusivos. El liderazgo es abusivo cuando maltrata a las personas que llegan a la iglesia en busca de ayuda, consuelo o sanidad. El resultado es que estas mismas personas, en lugar de experimentar el crecimiento espiritual que procuran acaban atrapadas en un sistema que los hiere, humilla o utiliza. El problema es que la forma en que se perpetra este abuso es, muchas veces, muy sutil, de manera que se hace difícil detectarlo, pues maneja con astucia la culpa y el temor con que viven muchas personas.Mientras que los escribas y los fariseos fingían tener autoridad, basados en su posición, Jesús en verdad la poseía, y, sin necesidad de imponerla, las personas la reconocían en él. No obstante, existen ciertas características comunes a todos los sistemas espirituales abusivos. En este artículo, identificaremos y trataremos cuatro de ellas. Nos enfocaremos en las dinámicas poco saludables que establecen las relaciones entre las personas dentro de los sistemas de abuso espiritual.

1. La postura del poder

La primer característica de un sistema religioso abusivo es lo que nosotros llamamos «postura de poder». Es decir, en este modelo los líderes utilizan toda su energía para mostrar la autoridad que no tienen, exigiendo a los demás a que se sometan a ella. Sienten la necesidad de imponerse porque su autoridad espiritual no es real, ni se basa en un legítimo carácter piadoso, sino en una posición de poder.

Mateo incluye en el capítulo 7 de su evangelio el comentario que las multitudes hacían sobre el ministerio de Jesús: «Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas». (v. 28–29). Mientras que los escribas y los fariseos fingían tener autoridad, basados en su posición, Jesús en verdad la poseía, y, sin necesidad de imponerla, las personas la reconocían en él. En su libro Taking Our Cities for God (Ganando nuestras ciudades para Dios), John Dawson señala sabiamente: «El que da la mayor esperanza es el que más autoridad tiene». Jesús nos dio la mayor esperanza de todas.

Aquellos que desarrollan un legítimo liderazgo demuestran autoridad, poder espiritual y credibilidad a través de sus propias vidas y del mensaje que proclaman. Podemos ver la autoridad espiritual en el hombre o mujer cuya vida muestra que ¡Dios y su Palabra son reales, y que encuentra esperanza en el Señor!

Pablo advierte a los romanos: «Porque no hay autoridad sino de Dios» (13.1). Jesús declara: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra». (Mt 18.28) y Mateo relata que «llamando a sus doce discípulos, Jesús les dio poder» (10.1). Ser elegido para ocupar un cargo, hablar a los gritos, o dar ofrendas mayores que los demás no nos da autoridad. Es Dios quien la da, y la otorga con el propósito de penetrar hasta lo más íntimo de las personas. Su intención es fortalecerlas, servirlas, equiparlas y liberarlas para que así puedan cumplir Su voluntad, que puede o no coincidir con el plan de los líderes.

El deseo de los líderes abusivos por dominar a las personas es una clara señal de que siguen su propia voluntad y no la de Dios.

2. La obsesión por el rendimiento

En los sistemas de abuso espiritual, el poder se impone y la autoridad se legisla. Es por ello, que estos sistemas se obsesionan por el rendimiento de sus miembros. La obediencia y la sumisión son dos palabras importantes para el mantenimiento del sistema.

Aquí vemos un extracto de un boletín de una iglesia, que contiene este mensaje personal del pastor:Una iglesia que se guía por el rendimiento consigue que las personas se acomoden a lo que dictan sus líderes, pero no las transforma, sino que las conforma. Caídos de la gracia

El domingo pasado, bajamos nuestro récord de 200 personas por primera vez en 13 semanas. Nuestra marca de asistencia de 200 personas se detuvo en la semana 13. Ha ocurrido, ¡hemos caído de la gracia!... Me gustaría ver que todos nos juntemos para adorar los próximos cuatro domingos y que ayudemos a que el año termine con una explosión. Podemos lograr que este sea verdaderamente nuestro año en la iglesia. Hemos tenido una gran asistencia, una excelente ofrenda, y mucha participación en todos nuestros programas. Debemos crear un marco para esta nueva década para poder «llenarnos de gracia» nuevamente.

En primer lugar, ¿cómo obtuvieron la gracia de Dios estas personas? ¿Asistiendo a la iglesia? ¿Alcanzando a más de 200 asistentes? ¿Por qué perdieron la gracia? ¿Por perder la marca de 200 asistentes? ¡Qué visión tan tergiversada de la gracia! Este pastor, ¿busca que los miembros se «llenen de gracia» o que se desempeñen? ¿Vamos a la iglesia para ser motivados en nuestra confianza hacia Jesús o para que nos presionen a esforzarnos?

Es muy probable que este pastor evangélico equipare la asistencia a la iglesia con la obediencia a Cristo. Pero Dios nos enseña que él mira primero el corazón; a Dios no le interesa que hagamos las cosas bien por las razones equivocadas. Así es, la obediencia a Dios no es negociable. Aún así, la manera de darse cuenta de que alguien obra bien por motivos equivocados es cuando lleva la cuenta de lo que hace. ¿Por qué llevaría alguien la cuenta de su comportamiento «piadoso» si no es porque está intentando ganar puntos espirituales con su actitud?

Obediencia enfermiza

Considere el triste ejemplo de una iglesia que comenzó con un ministerio que brindaba un servicio valioso a la comunidad. Los que servían en ese ministerio debían rendir cuentas a los dirigentes de sus actividades diarias minuto por minuto. Los dirigentes evaluaban si habían utilizado el tiempo sabiamente, «de la manera que Dios quiere que lo usemos». A muchos los confrontaban por no leer la Biblia el tiempo «suficiente» que los líderes habían señalado. Cuestionaban a los que usaban quince minutos para ducharse en vez de diez. Este sistema no fomenta la obediencia a Dios, sino a su errada interpretación de espiritualidad.

¿Son importantes la obediencia y la sumisión? Sin duda. Así lo reconocía Pablo: «Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan» (Ro 13.1). Y Pedro también exhortaba a someterse: «vosotros los más jóvenes, estad sujetos a los mayores» (1Pe 5.5). El autor de Hebreos también indica rotundamente: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos» (He 13.17). Sin embargo, para lograr un equilibrio, debemos sumar a estos versículos un pasaje con importancia paralela. Consideremos las palabras de Pedro y de los otros apóstoles ante el concilio: «Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres» (13.17). Fuera de contexto, la obediencia a los líderes se ve como una práctica de sana teología. Si agregamos el contexto, veremos que sólo es apropiado obedecer y someternos al liderazgo cuando la autoridad que ejerce procede de Dios.

Son muchos los motivos por los que los seguidores obedecen a sus líderes sin cuestionar nada: por evitar vergüenza, por obtener aprobación de alguien o por mantener intactos su estatus espiritual o su posición en la iglesia. Esta no es una obediencia legítima; es puro egoísmo. Si no viene de un corazón que ama a Dios, no puede ser obediencia.

Pablo exhorta a los romanos: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (12.2). Conformarse significa «acomodarse a lo que dicen los demás». Una iglesia que se guía por el rendimiento consigue que las personas se acomoden a lo que dictan sus líderes, pero no las transforma, sino que las conforma. La transformación, no obstante, es un trabajo desde lo más íntimo; no procede de afuera hacia adentro.

3. Reglas implícitas

En los sistemas de abuso espiritual se controla la vida de las personas por reglas explícitas e implícitas. Las reglas implícitas son las que no se expresan en voz alta, que gobiernan a las iglesias o familias poco saludables. Como no se expresan en voz alta no nos damos cuenta de que están allí hasta que las rompemos.

Este tipo de reglas permanecen implícitas, ya que si las examináramos a la luz de un diálogo adulto nos mostrarían instantáneamente cuán ilógicas, insalubres y anticristianas son. Es por eso que el silencio se convierte en la pared de protección, pues resguarda la posición de poder del líder de cualquier cuestionamiento.

Si alguien entra en desacuerdo abierta o públicamente, rompería el silencio, y posiblemente sería castigado. Sin querer, descubriría que existe una regla. Cuando alguien se encuentra con reglas implícitas por quebrarlas sin intención, podemos llegar a sufrir cualquiera de estas dos consecuencias: abandono (que lo ignoren, lo pasen por alto o lo rechacen) o bien legalismo agresivo (será cuestionado, censurado abiertamente, le pedirán que abandone la iglesia, o en casos extremos, lo maldecirán).

Las reglas implícitas tienen un poder increíble. Existe abuso espiritual cuando la autoridad del líder está por encima de las Escrituras.

La regla «no puedes hablar»

Esta es la regla implícita más poderosa de todas en los sistemas abusivos. Se debe al siguiente pensamiento: «No se puede exponer el verdadero problema porque esto significaría tener que abordar el tema y las cosas cambiarían. Si usted saca a luz el problema, usted se vuelve el problema. De algún modo es necesario eliminar o silenciar a la persona que quiere hablar». A aquellos que sacan a luz los problemas se les acusa de inmaduros, de no mostrar un carácter cristiano.

En los sistemas de abuso espiritual existe una «paz fingida», la misma que denunciaba Jeremías cuando decía: «Los profetas dicen “paz, paz”, cuando en realidad no existe tal». Si simulamos estar de acuerdo, cuando en realidad no lo estamos, lo que logramos es una paz y unidad fingidas con un trasfondo de tensiones y murmuración. Esto dista mucho de «preservar la unidad y la paz en el Espíritu Santo» que debería ser el sello de las iglesias cristianas sanas. Es decir, debería poder hablarse cualquier tema, y en algunos puntos estar de acuerdo o en desacuerdo y sin embargo poder seguir discutiendo el tema libremente, si las dos partes están de acuerdo. O de lo contrario decidir suspender la charla por algún tiempo si es que trae algún tipo de tensión.Aunque a algunos que están en la posición de autoridad les encantaría que nunca los cuestionaran o se opusieran a ellos, ese tipo de sistema es una trampa y la perdición para cualquier líder. Lo que es importante aquí es que las dos partes sean las que estén involucradas en llegar al acuerdo. Si lo que realmente nos une es el Espíritu Santo y el amor que nos tenemos el uno al otro, entonces es posible estar en desacuerdo sin destruir nuestra unidad.

Tristemente, muchos sufren de abuso espiritual cuando se les cataloga de «rebeldes», «muy enérgicos», «desleales», por exponer a los líderes abusivos, o incluso por cuestionarlos. Demasiadas iglesias comunican este tipo de mensajes vergonzosos: «El problema no es que se hayan cruzado y violado los límites, el problema es que hayas hablado. Si no hubieras hecho tanto problema por este asunto todo estaría bien». Si la persona acepta ese mensaje, entonces dejará de hablar.

Sin embargo, el verdadero problema es que si un cristiano que se siente violado deja de hablar, entonces el abusador nunca será considerado como el responsable de ese comportamiento. La víctima será obligada a «congelar» el dolor y enojo que siente por ser abusado espiritualmente.

Aunque a algunos que están en la posición de autoridad les encantaría que nunca los cuestionaran o se opusieran a ellos, ese tipo de sistema es una trampa y la perdición para cualquier líder.

4. Falta de equilibrio

Un sistema de abuso espiritual se caracteriza por su enfoque desequilibrado de cómo vivir la fe cristiana. Se observa en dos extremos:

El objetivismo extremo

Este enfoque eleva la verdad objetiva dejando a un lado la experiencia subjetiva válida.

La autoridad se basa solamente en el nivel académico e intelectual, en vez de fundarse en la intimidad con Dios, obediencia y sensibilidad al Espíritu Santo. Todo lo que no se puede explicar racionalmente lo tienen por sospechoso. Este tipo de sistemas se oponen a las Escrituras y a la obra del Espíritu de Dios. Consideremos los inicios de la iglesia «[los sumos sacerdotes] al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús» (Hch 4.13). La confianza y autoridad que mostraban Pedro y Juan se debían a que habían andado con Jesús y que estaban «llenos del Espíritu Santo» (Hch 4.8). El sistema espiritual objetivo limita a Dios a actuar sólo de aquellas formas que podemos explicar, probar o experimentar. Encajona a Dios.

Subjetivismo extremo

Con este enfoque se decide lo que es verdadero basándose en los sentimientos y las experiencias, y se les da más importancia que a lo que la Biblia declara. En este sistema, las personas no pueden saber o entender la verdad (aún si realmente la entienden y conocen) hasta que el líder «reciba una revelación espiritual de parte del Señor». En esta clase de sistemas, resulta más importante actuar de acuerdo a la palabra que ha recibido el líder para usted, que actuar de acuerdo a lo que usted sabe que es verdadero según las Escrituras.

Una palabra directiva, de guía o correctiva del Señor, ya sea de la Escritura o en la forma de don espiritual, será confirmada por el Espíritu Santo que vive en usted. Hasta que la confirme no la reciba como una palabra del Señor, aún si proviene de un pastor o un anciano de la iglesia. Más aún, creemos que es deshonesto y hasta peligroso, simplemente recibir y actuar basados en una directiva espiritual porque «se supone que debemos ser sumisos», o porque alguien es «la autoridad».

Los cristianos demasiado subjetivos con frecuencia consideran a la educación como mala o innecesaria. Afirman que todo lo que necesitamos lo enseña el Espíritu Santo. («Después de todo, ni Pedro ni Timoteo fueron a la universidad o al seminario…»). Lo cierto es que Pedro sí fue al seminario. Jesús le enseñó tanto la verdad objetiva como la experiencia subjetiva. El seminario de Timoteo fue Pablo. Esto se debe a que en esa época se enseñaba con el método rabínico de enseñanza. Es decir, vivir y experimentar la vida con un mentor espiritual. El discipulado de Pedro duró tres años. Aún después de que Timoteo empezara su ministerio, continuó «el seminario» a través de las cartas. Tenga cuidado con aquellas personas que le dan importancia espiritual al hecho de carecer de formación académica, o que creen que solo deben recibir su formación académica en instituciones específicas.por David Johnson y Jeff VanVonderen

Benny Hinn habla de su divorcio





Esta semana Benny Hinn se ha manifestado en relación a la demanda de divorcio interpuesta por su esposa.

Quizás fue la sugerencia de J. Lee Grady de la Revista Charisma en la que señalaba que Hinn debía de ser más abierto sobre este tema, el evangelista rompió el silencio.

Según señala Mundo Cristiano, Benny Hinn envió un comunicado de tres páginas a sus socios ministeriales explicando que su esposa Suzanne no tiene ‘bases bíblicas para divorciarse’.

Hinn dijo que su mujer estaba bajo una gran presión pero ni él ni sus hijos "nunca hubiesemos esperado que esto iba a pasar".

En su comunicado expresa: “también deseo que ustedes, mi queridos socios, sepan que no hubo absolutamente ninguna inmoralidad involucrada en mi vida o en la de Suzanne, nunca”, dice Hinn a sus socios en el comunicado. “Ambos mantuvimos nuestras vidas limpias y estuvimos totalmente dedicados uno al otro durante 30 años de matrimonio”.

Suzanne Hinn presentó los documentos del divorcio en una corte del condado de Orange, California el 1° de Febrero citando diferencias irreconciliables. Los documentos mencionaban que ambos se habían separado desde el 26 de Enero. Hinn insistió que la acción de su esposa era un completo impacto para la familia.

“Suzanne nunca dio a la familia ni una indirecta de que esto estaba en su mente”, dijo. “Aún hasta este momento, los chicos y yo no sabemos por qué lo hizo”.

El evangelista sigue pidiendo a sus seguidores que oren por la sanidad de su familia. El dice que ningún divorcio lo detendrá de cumplir su llamado al ministerio.

“Quiero que ustedes, como mis socios en este ministerio, sepan que continuaré predicando el Evangelio y orando por los enfermos como lo he hecho durante 36 años. No permitiré que nada me detenga”, dijo.

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