domingo, 28 de febrero de 2010

El abuso espiritual

Algunas congregaciones se manejan con estilos de liderazgo abusivos. El liderazgo es abusivo cuando maltrata a las personas que llegan a la iglesia en busca de ayuda, consuelo o sanidad. El resultado es que estas mismas personas, en lugar de experimentar el crecimiento espiritual que procuran acaban atrapadas en un sistema que los hiere, humilla o utiliza. El problema es que la forma en que se perpetra este abuso es, muchas veces, muy sutil, de manera que se hace difícil detectarlo, pues maneja con astucia la culpa y el temor con que viven muchas personas.Mientras que los escribas y los fariseos fingían tener autoridad, basados en su posición, Jesús en verdad la poseía, y, sin necesidad de imponerla, las personas la reconocían en él. No obstante, existen ciertas características comunes a todos los sistemas espirituales abusivos. En este artículo, identificaremos y trataremos cuatro de ellas. Nos enfocaremos en las dinámicas poco saludables que establecen las relaciones entre las personas dentro de los sistemas de abuso espiritual.

1. La postura del poder

La primer característica de un sistema religioso abusivo es lo que nosotros llamamos «postura de poder». Es decir, en este modelo los líderes utilizan toda su energía para mostrar la autoridad que no tienen, exigiendo a los demás a que se sometan a ella. Sienten la necesidad de imponerse porque su autoridad espiritual no es real, ni se basa en un legítimo carácter piadoso, sino en una posición de poder.

Mateo incluye en el capítulo 7 de su evangelio el comentario que las multitudes hacían sobre el ministerio de Jesús: «Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas». (v. 28–29). Mientras que los escribas y los fariseos fingían tener autoridad, basados en su posición, Jesús en verdad la poseía, y, sin necesidad de imponerla, las personas la reconocían en él. En su libro Taking Our Cities for God (Ganando nuestras ciudades para Dios), John Dawson señala sabiamente: «El que da la mayor esperanza es el que más autoridad tiene». Jesús nos dio la mayor esperanza de todas.

Aquellos que desarrollan un legítimo liderazgo demuestran autoridad, poder espiritual y credibilidad a través de sus propias vidas y del mensaje que proclaman. Podemos ver la autoridad espiritual en el hombre o mujer cuya vida muestra que ¡Dios y su Palabra son reales, y que encuentra esperanza en el Señor!

Pablo advierte a los romanos: «Porque no hay autoridad sino de Dios» (13.1). Jesús declara: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra». (Mt 18.28) y Mateo relata que «llamando a sus doce discípulos, Jesús les dio poder» (10.1). Ser elegido para ocupar un cargo, hablar a los gritos, o dar ofrendas mayores que los demás no nos da autoridad. Es Dios quien la da, y la otorga con el propósito de penetrar hasta lo más íntimo de las personas. Su intención es fortalecerlas, servirlas, equiparlas y liberarlas para que así puedan cumplir Su voluntad, que puede o no coincidir con el plan de los líderes.

El deseo de los líderes abusivos por dominar a las personas es una clara señal de que siguen su propia voluntad y no la de Dios.

2. La obsesión por el rendimiento

En los sistemas de abuso espiritual, el poder se impone y la autoridad se legisla. Es por ello, que estos sistemas se obsesionan por el rendimiento de sus miembros. La obediencia y la sumisión son dos palabras importantes para el mantenimiento del sistema.

Aquí vemos un extracto de un boletín de una iglesia, que contiene este mensaje personal del pastor:Una iglesia que se guía por el rendimiento consigue que las personas se acomoden a lo que dictan sus líderes, pero no las transforma, sino que las conforma. Caídos de la gracia

El domingo pasado, bajamos nuestro récord de 200 personas por primera vez en 13 semanas. Nuestra marca de asistencia de 200 personas se detuvo en la semana 13. Ha ocurrido, ¡hemos caído de la gracia!... Me gustaría ver que todos nos juntemos para adorar los próximos cuatro domingos y que ayudemos a que el año termine con una explosión. Podemos lograr que este sea verdaderamente nuestro año en la iglesia. Hemos tenido una gran asistencia, una excelente ofrenda, y mucha participación en todos nuestros programas. Debemos crear un marco para esta nueva década para poder «llenarnos de gracia» nuevamente.

En primer lugar, ¿cómo obtuvieron la gracia de Dios estas personas? ¿Asistiendo a la iglesia? ¿Alcanzando a más de 200 asistentes? ¿Por qué perdieron la gracia? ¿Por perder la marca de 200 asistentes? ¡Qué visión tan tergiversada de la gracia! Este pastor, ¿busca que los miembros se «llenen de gracia» o que se desempeñen? ¿Vamos a la iglesia para ser motivados en nuestra confianza hacia Jesús o para que nos presionen a esforzarnos?

Es muy probable que este pastor evangélico equipare la asistencia a la iglesia con la obediencia a Cristo. Pero Dios nos enseña que él mira primero el corazón; a Dios no le interesa que hagamos las cosas bien por las razones equivocadas. Así es, la obediencia a Dios no es negociable. Aún así, la manera de darse cuenta de que alguien obra bien por motivos equivocados es cuando lleva la cuenta de lo que hace. ¿Por qué llevaría alguien la cuenta de su comportamiento «piadoso» si no es porque está intentando ganar puntos espirituales con su actitud?

Obediencia enfermiza

Considere el triste ejemplo de una iglesia que comenzó con un ministerio que brindaba un servicio valioso a la comunidad. Los que servían en ese ministerio debían rendir cuentas a los dirigentes de sus actividades diarias minuto por minuto. Los dirigentes evaluaban si habían utilizado el tiempo sabiamente, «de la manera que Dios quiere que lo usemos». A muchos los confrontaban por no leer la Biblia el tiempo «suficiente» que los líderes habían señalado. Cuestionaban a los que usaban quince minutos para ducharse en vez de diez. Este sistema no fomenta la obediencia a Dios, sino a su errada interpretación de espiritualidad.

¿Son importantes la obediencia y la sumisión? Sin duda. Así lo reconocía Pablo: «Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan» (Ro 13.1). Y Pedro también exhortaba a someterse: «vosotros los más jóvenes, estad sujetos a los mayores» (1Pe 5.5). El autor de Hebreos también indica rotundamente: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos» (He 13.17). Sin embargo, para lograr un equilibrio, debemos sumar a estos versículos un pasaje con importancia paralela. Consideremos las palabras de Pedro y de los otros apóstoles ante el concilio: «Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres» (13.17). Fuera de contexto, la obediencia a los líderes se ve como una práctica de sana teología. Si agregamos el contexto, veremos que sólo es apropiado obedecer y someternos al liderazgo cuando la autoridad que ejerce procede de Dios.

Son muchos los motivos por los que los seguidores obedecen a sus líderes sin cuestionar nada: por evitar vergüenza, por obtener aprobación de alguien o por mantener intactos su estatus espiritual o su posición en la iglesia. Esta no es una obediencia legítima; es puro egoísmo. Si no viene de un corazón que ama a Dios, no puede ser obediencia.

Pablo exhorta a los romanos: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (12.2). Conformarse significa «acomodarse a lo que dicen los demás». Una iglesia que se guía por el rendimiento consigue que las personas se acomoden a lo que dictan sus líderes, pero no las transforma, sino que las conforma. La transformación, no obstante, es un trabajo desde lo más íntimo; no procede de afuera hacia adentro.

3. Reglas implícitas

En los sistemas de abuso espiritual se controla la vida de las personas por reglas explícitas e implícitas. Las reglas implícitas son las que no se expresan en voz alta, que gobiernan a las iglesias o familias poco saludables. Como no se expresan en voz alta no nos damos cuenta de que están allí hasta que las rompemos.

Este tipo de reglas permanecen implícitas, ya que si las examináramos a la luz de un diálogo adulto nos mostrarían instantáneamente cuán ilógicas, insalubres y anticristianas son. Es por eso que el silencio se convierte en la pared de protección, pues resguarda la posición de poder del líder de cualquier cuestionamiento.

Si alguien entra en desacuerdo abierta o públicamente, rompería el silencio, y posiblemente sería castigado. Sin querer, descubriría que existe una regla. Cuando alguien se encuentra con reglas implícitas por quebrarlas sin intención, podemos llegar a sufrir cualquiera de estas dos consecuencias: abandono (que lo ignoren, lo pasen por alto o lo rechacen) o bien legalismo agresivo (será cuestionado, censurado abiertamente, le pedirán que abandone la iglesia, o en casos extremos, lo maldecirán).

Las reglas implícitas tienen un poder increíble. Existe abuso espiritual cuando la autoridad del líder está por encima de las Escrituras.

La regla «no puedes hablar»

Esta es la regla implícita más poderosa de todas en los sistemas abusivos. Se debe al siguiente pensamiento: «No se puede exponer el verdadero problema porque esto significaría tener que abordar el tema y las cosas cambiarían. Si usted saca a luz el problema, usted se vuelve el problema. De algún modo es necesario eliminar o silenciar a la persona que quiere hablar». A aquellos que sacan a luz los problemas se les acusa de inmaduros, de no mostrar un carácter cristiano.

En los sistemas de abuso espiritual existe una «paz fingida», la misma que denunciaba Jeremías cuando decía: «Los profetas dicen “paz, paz”, cuando en realidad no existe tal». Si simulamos estar de acuerdo, cuando en realidad no lo estamos, lo que logramos es una paz y unidad fingidas con un trasfondo de tensiones y murmuración. Esto dista mucho de «preservar la unidad y la paz en el Espíritu Santo» que debería ser el sello de las iglesias cristianas sanas. Es decir, debería poder hablarse cualquier tema, y en algunos puntos estar de acuerdo o en desacuerdo y sin embargo poder seguir discutiendo el tema libremente, si las dos partes están de acuerdo. O de lo contrario decidir suspender la charla por algún tiempo si es que trae algún tipo de tensión.Aunque a algunos que están en la posición de autoridad les encantaría que nunca los cuestionaran o se opusieran a ellos, ese tipo de sistema es una trampa y la perdición para cualquier líder. Lo que es importante aquí es que las dos partes sean las que estén involucradas en llegar al acuerdo. Si lo que realmente nos une es el Espíritu Santo y el amor que nos tenemos el uno al otro, entonces es posible estar en desacuerdo sin destruir nuestra unidad.

Tristemente, muchos sufren de abuso espiritual cuando se les cataloga de «rebeldes», «muy enérgicos», «desleales», por exponer a los líderes abusivos, o incluso por cuestionarlos. Demasiadas iglesias comunican este tipo de mensajes vergonzosos: «El problema no es que se hayan cruzado y violado los límites, el problema es que hayas hablado. Si no hubieras hecho tanto problema por este asunto todo estaría bien». Si la persona acepta ese mensaje, entonces dejará de hablar.

Sin embargo, el verdadero problema es que si un cristiano que se siente violado deja de hablar, entonces el abusador nunca será considerado como el responsable de ese comportamiento. La víctima será obligada a «congelar» el dolor y enojo que siente por ser abusado espiritualmente.

Aunque a algunos que están en la posición de autoridad les encantaría que nunca los cuestionaran o se opusieran a ellos, ese tipo de sistema es una trampa y la perdición para cualquier líder.

4. Falta de equilibrio

Un sistema de abuso espiritual se caracteriza por su enfoque desequilibrado de cómo vivir la fe cristiana. Se observa en dos extremos:

El objetivismo extremo

Este enfoque eleva la verdad objetiva dejando a un lado la experiencia subjetiva válida.

La autoridad se basa solamente en el nivel académico e intelectual, en vez de fundarse en la intimidad con Dios, obediencia y sensibilidad al Espíritu Santo. Todo lo que no se puede explicar racionalmente lo tienen por sospechoso. Este tipo de sistemas se oponen a las Escrituras y a la obra del Espíritu de Dios. Consideremos los inicios de la iglesia «[los sumos sacerdotes] al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús» (Hch 4.13). La confianza y autoridad que mostraban Pedro y Juan se debían a que habían andado con Jesús y que estaban «llenos del Espíritu Santo» (Hch 4.8). El sistema espiritual objetivo limita a Dios a actuar sólo de aquellas formas que podemos explicar, probar o experimentar. Encajona a Dios.

Subjetivismo extremo

Con este enfoque se decide lo que es verdadero basándose en los sentimientos y las experiencias, y se les da más importancia que a lo que la Biblia declara. En este sistema, las personas no pueden saber o entender la verdad (aún si realmente la entienden y conocen) hasta que el líder «reciba una revelación espiritual de parte del Señor». En esta clase de sistemas, resulta más importante actuar de acuerdo a la palabra que ha recibido el líder para usted, que actuar de acuerdo a lo que usted sabe que es verdadero según las Escrituras.

Una palabra directiva, de guía o correctiva del Señor, ya sea de la Escritura o en la forma de don espiritual, será confirmada por el Espíritu Santo que vive en usted. Hasta que la confirme no la reciba como una palabra del Señor, aún si proviene de un pastor o un anciano de la iglesia. Más aún, creemos que es deshonesto y hasta peligroso, simplemente recibir y actuar basados en una directiva espiritual porque «se supone que debemos ser sumisos», o porque alguien es «la autoridad».

Los cristianos demasiado subjetivos con frecuencia consideran a la educación como mala o innecesaria. Afirman que todo lo que necesitamos lo enseña el Espíritu Santo. («Después de todo, ni Pedro ni Timoteo fueron a la universidad o al seminario…»). Lo cierto es que Pedro sí fue al seminario. Jesús le enseñó tanto la verdad objetiva como la experiencia subjetiva. El seminario de Timoteo fue Pablo. Esto se debe a que en esa época se enseñaba con el método rabínico de enseñanza. Es decir, vivir y experimentar la vida con un mentor espiritual. El discipulado de Pedro duró tres años. Aún después de que Timoteo empezara su ministerio, continuó «el seminario» a través de las cartas. Tenga cuidado con aquellas personas que le dan importancia espiritual al hecho de carecer de formación académica, o que creen que solo deben recibir su formación académica en instituciones específicas.por David Johnson y Jeff VanVonderen

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