domingo, 28 de febrero de 2010

En busca del Reino

A lo largo de la historia de los conflictos militares siempre se ha presentado un obstáculo que los combatientes no han podido superar: la oscuridad. Por más encarnizados que hayan sido los combates durante el día, con la caída de la noche los beligerantes no encuentran otra alternativa que cesar sus acciones. Nadie puede combatir contra un enemigo invisible.

Tristemente, sin embargo, los avances tecnológicos de las últimas décadas han permitido descubrir la forma de resolver esta dificultad. Los binoculares de visión nocturna, los cuales captan espectros de luz infrarroja que no pueden ser percibidos por el ojo humano, permiten ver a otro ser vivo aun en una noche completamente cerrada. Lo que, hasta el momento, permanecía invisible, ahora se puede ver.¡Nuestro buen Padre celestial está más interesado que nosotros en dar a conocer el Reino a sus hijos! La analogía resulta útil para entender el concepto del Reino, uno de los temas que más abordó Jesús en su ministerio. Los discípulos experimentaban la misma dificultad que nosotros frente a la enseñanza sobre el Reino. Pensaban que el Maestro se refería a un lugar geográfico, a un sistema político similar al de los reinos de este mundo. Cuando llegó a Jerusalén, «ellos pensaban que el reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro» (Lc 19.11). Aun cuando la partida de Cristo era inminente, ellos seguían aferrados a la misma idea: «¿Restaurarás en este tiempo el reino a Israel?» —le preguntaron (Hch 1.6).

No obstante su insistencia, Jesús claramente les había enseñado que se trataba de una realidad enteramente diferente a lo conocido. «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí» (Jn 18.36). Ante el pedido de los fariseos de que les indicara el tiempo de la llegada del Reino, él declaró, categóricamente: «el reino de Dios no viene con señales visibles» (Lc 17.20).

A pesar de esta característica, Jesús entrega, como resumen de sus enseñanzas sobre el Reino, una exhortación que no podemos ignorar: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia» (Mt 6.33). Cabe, entonces, la pregunta: ¿Si el Reino no puede ser visto, cómo hemos de conocerlo?

La única forma en que podemos resolver este dilema es si entendemos que las referencias al reino de los cielos son referencias a una realidad espiritual. De hecho, el apóstol Pablo señala que «el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro 14.17), que «no consiste en palabras, sino en poder» (1Co 4.7). «Lo que se corrompe no puede heredar lo incorruptible» (1Co 15.50)

La diferencia esencial entre los reinos de este mundo y el reino de Dios es probablemente lo que motivó a Jesús a convertirlo en uno de los temas centrales de su enseñanza. La palabra «reino» se usa 156 veces en el Nuevo Testamento, pero casi 80% de esas referencias provienen de la enseñanza de Cristo. Mediante el uso de sencillas historias de la vida cotidiana buscó la forma de tornar visible la realidad de un gobierno invisible para la mayoría de las personas. El Reino se refiere a algo mucho más grande que el conjunto de seguidores que han sujetado su vida al señorío de Cristo. ¿Qué verdades necesitamos saber nosotros para poder ver el Reino?

En primer lugar, debemos tener siempre presente que el Reino viene a nosotros como un regalo: «No temas, rebaño pequeño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino» (Lc 12.32). Lo escondido del Reino permanece escondido solamente para aquellos que no forman parte de él. «A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de Dios, pero a los demás les hablo en parábolas, para que VIENDO, NO VEAN; Y OYENDO, NO ENTIENDAN» (Lc 8.10).

También resulta útil tener presente una advertencia. La religiosidad (es decir, el ejercicio de la vida espiritual divorciada de una relación de amor con Dios) tiende a robarnos la sensibilidad para ver el Reino. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando» (Mt 23.13).

No es necesario que nos dirijamos a un lugar, ni tampoco que estemos en una actividad particular para ver el Reino, «porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está» (Lc 17.21). El reino de Dios se manifiesta de muchas maneras diferentes alrededor de nosotros, incluyendo el cuidado del Padre por las aves del cielo y los lirios del campo. El Reino se refiere a algo mucho más grande que el conjunto de seguidores que han sujetado su vida al señorío de Cristo.

Claramente no son los sofisticados, ni los eruditos, ni los que gozan de un privilegiado intelecto los que podrán percibir el Reino. Más bien, «los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el reino de Dios antes» que ellos (Mt 21.31). Los «pobres y los niños» son los privilegiados a la hora de percibir la mano de Dios alrededor de nosotros, porque son poseedores de una sencillez que les otorga una visión sin igual. El llamado a buscar primeramente el Reino es, ante todo, un llamado a devolverle a la vida esa inocente perspectiva que tan escurridiza le resulta al hombre caído.Christopher Shaw

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